LA COMPETITIVIDAD EXCESIVA NO ES BUENA PARA NUESTROS HIJOS

Nos referimos a competitividad en el sentido de centrarse en el resultado, no el de ganar y demostrar que uno es mejor que otro. Ser competitivo no es algo negativo, pero llevado al extremo ya no lo es tanto, ya que puede generar problemas en la personalidad de los niños. Muchas veces son los propios padres los que inculcan a los niños este sentimiento de tener que ser el ganador siempre y les hace llegar a un punto de competencia excesivo con el resto, que puede provocar que no  acepten bien una derrota.

 

Los niños competitivos suelen estar en un estrés continuo, son muy exigentes consigo mismos y buscan en todo momento la perfección. Con esto no queremos decir que los niños no deban exigirse y busquen la máxima calidad en lo que hagan, pero si que se controlen y sepan aceptar que a veces otros van a ser mejor que ellos. Es decir, son niños que si en alguna situación sucede algo que no tienen previsto o controlado podrían sufrir, sentir que les baja la autoestima y frustrarse debido a unos resultados finales que no son lo que esperaban.

 

La competitividad de los padres hacia los hijos y la comparación con el resto, se manifiesta no sólo en los deportes sino también en otros ámbito como  juegos, actividades extraescolares o escolares. Todos hemos visto ejemplos de enfrentamientos entre los propios padres para demostrar que su hijo es el mejor, llegando a insultar a entrenadores o árbitros al considerar que no hacen lo correcto cuando su hijo es el perjudicado. Los niños son lo que ven y sus padres son su ejemplo. Por tanto, si desde pequeños observan estos comportamientos pueden llegar un punto en que para ellos el deporte y sus actividades sean un enfrentamiento continuo al querer ser siempre los mejores y sobretodo por demostrarlo a sus propios padres.

 

En muchas ocasiones se da la situación de obligar a nuestros hijos a acudir a entrenamientos y deportes con los que no disfrutan y esto puede hacer que lleguen a  aborrecerlos y no disfrutar con ellos o ir sin ganas. Sería genial poder demostrar que los padres son los mejores aliados de los niños, que confían en ellos, buscan lo más adecuado para sus cualidades y su personalidad y que les van a apoyar siempre, ganen o pierdan.

 

Vivir siempre bajo la tensión de una rivalidad excesiva puede llegar incluso a convertir a sus propios amigos en enemigos llegando  a ser algo tóxico para ellos.

 

En ningún caso queremos decir que buscar la excelencia, competir o tener rivalidad sea algo negativo, siempre y cuando se haga responsablemente y sin excesos. Como dice el decálogo del deportista, los niños y niñas juegan para divertirse y formarse como personas y debemos animarles y apoyarles siempre. No hay que reprocharles ni enfadarnos con ellos cuando cometan errores, están aprendiendo. Debemos fomentar el juego en equipo e intentar que todos sus miembros participen y se diviertan. También, hay que fomentar el respeto hacia otros jugadores, entrenadores, profesores o árbitros y respetar las decisiones que éstos tomen. Por último, rechazar todas las formas de violencia y animar a otros a que no las cometan si pudieran surgir,  los rivales no son nunca enemigos, si no oponentes en el juego.

 

Como dice el viejo lema, “lo importante no es ganar, sino participar”. Somos modelos para los jóvenes, ellos aprenden de nuestro comportamiento.

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